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El Museo del Libro Antiguo

Juan Carlos Hurtado B.

       El Museo del Libro Antiguo es, ante todo, un acto de amor. Un homenaje a Juan Carlos Hurtado Bustamante, quien vivió treinta y tres años —la edad de Cristo— inmerso en el mundo de los libros. Aquí quiero contar su historia, desde el principio, desde antes incluso de su llegada.

       El año de 1986 fue un tiempo difícil para México. El país atravesaba una de las crisis económicas más severas de su historia. El titular del Poder Ejecutivo era el licenciado don Miguel de la Madrid Hurtado, quien desde el inicio de su mandato enfrentó una inflación desbordada, una deuda externa impagable y una profunda devaluación del peso. Aún se sentían las heridas del terremoto del 19 de septiembre de 1985, de magnitud 8.1, que sacudió a la Ciudad de México y cambió para siempre la conciencia nacional, dando origen al Sistema Nacional de Protección Civil.

     En el estado de Chihuahua, el panorama no era menos complejo. Se vivía una transición política tensa: el licenciado Saúl González Herrera fue nombrado gobernador interino tras la salida del licenciado don Óscar Ornelas K., y en octubre de 1986, en medio de fuertes acusaciones de fraude electoral, el licenciado don Fernando Baeza Meléndez asumió el cargo, el cual desempeñó hasta 1992. En la capital del estado, Luis H. Álvarez concluía su gestión como presidente municipal y le sucedía Mario de la Torre Hernández, representante del PRI, tras unos comicios marcados por la polémica.

       Ese periodo fue conocido como el “verano caliente”, un movimiento civil y político que unió a gran parte de la sociedad chihuahuense en la exigencia de democracia y transparencia. Todo esto ocurrió apenas un mes antes del nacimiento de Juan Carlos. El domingo 6 de julio de 1986, el pueblo salió masivamente a las urnas para elegir gobernador, presidentes municipales y renovar el Congreso del Estado. El ambiente era denso, cargado de tensión, esperanza y enojo.

       A nivel nacional, el presidente Miguel de la Madrid heredó la crisis del sexenio anterior, encabezado por el licenciado José López Portillo. Para intentar contenerla, se aplicaron medidas de austeridad, el Programa Inmediato de Reactivación Económica (PIRE) y el viraje hacia un modelo neoliberal con apertura comercial. A pesar de ello, la inflación acumulada superó el 4,000% y el peso perdió valor de manera constante.

Muchas empresas extranjeras decidieron abandonar el país. Una de ellas fue Time-Life Internacional de México, S.A. de C.V. En 1984, yo ocupaba el cargo de Gerente de Cobranza de la zona norte del país, con responsabilidad sobre Chihuahua, Baja California Norte, Sonora y Sinaloa. Ocho años antes, en diciembre de 1976, había sido reclutado por el licenciado Carlos Ruz Priego para trabajar en esa empresa, que vendía colecciones de libros a crédito, de puerta en puerta, con plazos que llegaban hasta los treinta y dos meses

       Cuando Time-Life se retiró del mercado nacional, dejó una cartera vencida de varios millones de pesos. El licenciado Carlos Ruz P. me propuso algo inusual: renunciar a mi puesto sin liquidación, a cambio de convertirme en agente independiente de cobranza para recuperar las cuentas del estado de Chihuahua. El experimento funcionó, y con el tiempo se sumaron otros estados: Sonora, Baja California, Hidalgo, Guanajuato, San Luis Potosí, Tlaxcala, Michoacán, Guerrero, Puebla, Querétaro y Morelos. Recorrí esas tierras ciudad por ciudad a bordo de una camioneta Volkswagen Panel azul, que fue transporte, oficina y hotel improvisado.

       En ese contexto histórico, social y personal, Juan Carlos Hurtado Bustamante vio la luz por primera vez el 7 de agosto de 1986, en el Sanatorio y Maternidad La Luz, atendido por el doctor Edmundo Treviño, fundador de la clínica, cuyo lema en aquella época era: “Donde nacen los niños más bonitos del mundo”. Y no se equivocó. El doctor Treviño, pediatra ampliamente reconocido y de gran prestigio, había realizado semanas antes un ultrasonido para descartar cualquier anomalía en la formación del bebé; gracias a Dios, todo estaba en perfecto estado de salud. Nunca reveló el sexo del infante y fue hasta el primer jueves de agosto, al concluir la labor de parto, cuando salió con una sonrisa de oreja a oreja para informar a la familia que había nacido un varón.

       El nombre Juan nunca estuvo en duda. En la familia Hurtado es una tradición que atraviesa generaciones: padre, abuelo, bisabuelo, tatarabuelo. El nombre es una herencia, una marca que se lleva toda la vida. A Juan se le añadió Carlos por dos figuras fundamentales en mi camino: mi primo Carlos Arturo Medina Meléndez y el licenciado Carlos Ruz Priego, mentor y apoyo incondicional en mi vida profesional.

La vida en aquellos años era distinta. La televisión ocupaba un lugar central en el hogar; frente a ella las familias se reunían para ver el Mundial de Futbol o seguir las noticias de un país que intentaba levantarse. Había un solo teléfono fijo en la casa y las tareas escolares se resolvían consultando enciclopedias pesadas, llenas de saber y polvo.

En Chihuahua, la vida doméstica tenía un ritmo más cercano y austero.

 

       Las casas eran refugios contra el clima extremo del desierto. En verano, al caer la tarde, las familias salían a la banqueta a “tomar el fresco”, a conversar mientras los niños jugaban en calles todavía tranquilas. En la mesa nunca faltaban las tortillas de harina y el queso, símbolos de identidad y sustento. La política se colaba en la sobremesa; el “verano caliente” hizo que la conversación familiar girara en torno a la democracia, al fraude, a la esperanza de un cambio.

       Los fines de semana eran para la familia, para el hogar, acompañados por la música de Juan Gabriel, que sonaba constante en la radio. Era una vida de puertas abiertas, de solidaridad vecinal, donde la ausencia de tecnología se compensaba con presencia humana, con cercanía, con comunidad.

       En ese mundo nació Juan Carlos. Entre libros, viajes, esfuerzo y afecto.

El Museo del Libro Antiguo no es solo un espacio de resguardo: es la memoria viva de esa historia, de esa vida breve y profunda, y del amor que nunca se extingue.

Continuará…

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